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Capítulo VI: Split, Croacia

29 de julio de 2013 Author: Felipe Tags: , ,

@lula_step: Reservando el alojamiento la noche antes me dirigí a Split ansiosa por conocer la ciudad de mis antepasados. Arribé a un puerto donde Yates y botes se mecían en aguas transparentes y turistas de todas partes compraban recuerdos con sus cámaras colgando del cuello.

Un taxista se rehusó a llevarme al mirar la dirección escrita en mi libreta de viaje, Livanjska 12 estaba muy cerca de donde me encontraba y un viaje tan corto no valía la pena, así que tuve que arrastrar mi maleta cuesta arriba mientras me derretía del calor y trataba de descifrar un mapa en Yugoslavo. La numeración parecía incorrecta y no había nada parecido a un hostal en toda la calle. Una estafa era lo único que se me venía a la mente después de haber recorrido, sin suerte, la calle de arriba abajo numerosas veces en compañía de diferentes croatas que amablemente se ofrecieron a ayudarme.

Tratando de pensar en un plan B que no fuera dormir en la playa abrazada a mis pertenencias descubro que de una puerta cuelga un papel arrancado de un cuaderno, donde se puede leer con letra tenue “Hostal Emily Apt. 32” con una flecha que apunta hacia arriba. Subo la estrecha escalera con mi maleta a cuestas cuando recuerdo una de las reseñas de un antiguo huésped en Hostel World: “Is not exactly a hostel, but is clean, centered and cheap, definitely worth the money” fine by me! Pensé en ese entonces e hice la reserva sin darle mucha importancia. Miro las paredes descascaradas del lugar en el que me encuentro y me pregunto que significará eso de que no es exactamente un hostal, a estas alturas ruego no tener que compartir mi cama con algún extraño y sigo subiendo.

Toco la puerta en el departamento indicado y me abre una mujer de ojos azul intenso, rasgos finos y mirada asustada. Antes de que yo pueda pronunciar palabra va a buscar a alguien que pueda traducirnos. Desde el interior aparece una niña con expresión seria, tiene aproximadamente unos 7 años y me dice en perfecto inglés que me va a mostrar la pieza que queda en otro edificio mientras veo como su madre asiente con la cabeza sin entender ni una palabra.

Soy guiada por la niña a través de la calle cuando nos detenemos en un lugar con vidrios reflectantes, abre la puerta y para mi sorpresa me doy cuenta que nos encontramos en un bar, techo de espejos, asientos de cuero capitoné, una barra arreglada como cocina, tres camarotes en la pista de baile y cruces religiosas que ambientan el lugar. Puedo sentir el olor a cigarro impregnado en los sillones que deben estar ahí desde hace muchos años. Busco los 20 euros que le debo por la noche sin esconder mi cara de asombro. La puerta se cierra mientras ella se aleja y yo no puedo creer en la situación bizarra en la que me encuentro, a plena luz del día encerrada en un bar en el que  se supone que debo dormir. Estoy confundida y por primera vez en este viaje me siento sola, ningún hostal tiene vacante y mi única opción es quedarme ahí. El día está muy bonito como para deprimirme ¡Split me espera! me pongo un bikini y salgo a recorrer.

La playa es un espectáculo, me entretengo toda la tarde observando a la gente mientras tomo sol. Identifico a un grupo de suecos que siguiendo las costumbres de sus tierras nórdicas, toman sol sin tapujos ignorando cualquier curioso que se entretenga mirándolos. A mi lado tengo dos franceses que discuten efusivamente mientras fuman sin control en sus llamativos trajes de baños. Me pierdo en las conversaciones de niños londinenses que toman cerveza para hidratarse y alardean sobre la fiesta de la noche anterior.

Y así transcurre la tarde, entre baños en aguas cristalinas, litros de agua mineral y panes de atún, sumergida en conversaciones ajenas mientras me devoro un libro de Isabel Allende.

Vuelvo sola a mi extraña morada y me doy una ducha, pienso que una noche más ahí es más que suficiente, debo irme de Split lo antes posible para dirigirme a Dubrovnik y reservar con más anticipación para quedarme en lugares mas hospitalarios.

Me siento en la cama del bar a secarme el pelo cuando miro el espejo del techo y descubro algo que me parece conocido, no estoy segura de lo que veo, me empino en puntillas para alcanzarla ¡estaba en lo cierto! era una botella de pisco chileno que había quedado olvidada en lo alto de un estante del bar. Me río sola imaginándome la fiesta que tienen que haber tenido ese grupo de chilenos en aquel mítico bar-hostal en Croacia. Esa botella vacía me alegra la noche y me hace sentir acompañada por un momento, la devuelvo a su escondite y me voy a dormir con una sonrisa en la cara.

Me despierto con ruidos y susurros a mitad de la noche, son nuevos huéspedes, trato de descifrar su procedencia, hablan inglés: podrían ser de cualquier lado, solo se escuchan voces femeninas, son muy jóvenes al juzgar por lo que veo. Me duermo de nuevo.

Despierto horas mas tarde y salgo sigilosa de la pieza para empezar un nuevo día de playa y caminata por la ciudad, mientras mis jóvenes compañeras de habitación duermen profundamente sin dar señales de estar prontas a despertar.

Al caer la tarde, sin expectación alguna abro la puerta de mi habitación para encontrarme a un grupo de irlandesas, estudiantes de medicina, que me reciben con la más cálida de las bienvenidas y un trago en la mano. Cocinamos pescado mientras tomamos vino con duraznos y hablamos de la vida, 15 minutos de conversación y es oficial: Las quiero! Después de una noche de fiesta con ellas cambio mis planes y una noche se convierte en 5, donde con ellas vuelvo a los 20 años, revivo mis días de estudiante con mañanas de playa, tardes descubriendo la ciudad y noches de baile interminable para volver cansadas con nuevas historias bajo el brazo a dormir a un bar.